Rabietas (cuento con dos versiones)

Mi peque. Es casi autónoma, casi se prepara el desayuno sola, casi se viste sola, casi se peina sola, se lava los dientes y se pone los zapatos solita.

Y tarda aproximadamente unas 78 horas en completar su ciclo matinal. No está mal.

Abajo, en la plaza, juega su amiga del alma. Cada día pregunta por ella, pero son como la luna y el sol. Para cuando mi peque pueda bajar al parque, la amiguita se habrá ido (porque es su hora de comer, hablamos de lapsos de tiempo que tienden a infinito).

Me desespero.

Recojo la casa mientras ella se toma la leche. Le digo que se vista y se pone a jugar. Y encima a un juego estupendo, tranquilo y ordenado. Abajo su amiga chilla de alegría al jugar con otro niño. Quiero que ella también aproveche la mañana, que baje, que juegue, que esté con su amiga.

¡Peque! ¿Qué te quieres poner? – digo, tomando la iniciativa, entrando en su cuarto como una tromba.
Ella me mira, con sus ojos almendrados, llenos de inconsciencia infantil, alegrándose de verme.
Mamá, mira, el pato es la mamá del perro…
¡Vale! Pero tu amiga está abajo. ¿No quieres verla? Va, vístete.
¡VALE! – Chilla ella, y deja caer el pato y el perro.
¡Eh! No me gusta que me chilles – le digo, y voy a decir algo sobre recoger el pato y el perro, pero mi peque se sienta y dice que es una hormiga. Luego es un elefante (¡POM POM! ¡Camino como un Elefante! Mamá, ¿vale que tu eres mamá elefante?).

Le meto prisa, me enfado. Se enfada ella. Acabamos mal. Y cuando por fin está lista, hace diez minutos que su amiga se ha marchado del parque. Y queda media hora para comer nosotras.

Estoy muy enfadada, muy frustrada.

Pero si me paro a pensar, lo que tengo es un berrinche. Como una niña pequeña. Como el que no tiene mi peque, que sostiene mi insatisfacción.

Contemos este cuento de otro modo.

Mi madre. Se despierta de súper buen humor y me deja a mi alcance todo lo que necesito para empezar bien el día. Me preparo mi leche, me cojo mi pan, mi queso y mi tomate. Nos sentamos las dos y yo me siento a gusto. Le cuento cosas. Qué bien se está por la mañana en casa.

Ella se levanta de la mesa, empieza a pulular por aquí y por allá. Yo la miro hacer cosas. “¿Has acabado ya?” me pregunta. Noooooo. Ahora voy. Jolines, qué prisas. Ahora quiere que me vista. Está mi amiga en el parque. Qué bien, ahora bajaré. Quiero enseñarle el pato y el perro que me compró ayer mamá. Son para enhebrar (¿yo sé decir enhebrar?) una cuerda. Ostras, está deshecho. Los haré para enseñárselos a mi amiga. Empiezo a trabajar, concentrada, me da el solete de la ventana. Pero mi madre, de los nervios.

¡Peque! ¿Qué te quieres poner? – dice, entrando bruscamente en mi cuarto.
Pero yo estoy por otra cosa. Se lo intento explicar.
Mamá, mira, el pato es la mamá del perro…
¡Vale! – me grita – Pero tu amiga está abajo. ¿No quieres verla? Va, vístete.
¡VALE! – le grito yo también. Más alto, porque soy chiquitina y no sé si me oye bien desde sus alturas. Desde esas desde las que no ve que intento decirle algo importante.
¡Eh! ¡No me gusta que me chilles! – me dice (¡encima!) Estoy muy enfadada, pero aún así intento ponerla de buen humor. Me siento y le hago el juego de las hormigas y los elefantes. Suele acabar en cosquillas. Pero ella, qué mal día, empieza a abrir los cajones (“Pues escojo yo. Estos vaqueros. Este jersey. Pero vaaaaa, peque, ¡hazme caso de una vez!“)

La mañana tan bonita ahora es un desastre. Ni he jugado, ni ha jugado mamá conmigo ni estaba mi amiga en el parque. ¿Para qué tanta prisa, si luego no está? Y encima resulta que la culpa es mía por tardar tanto. No entiendo, si la que se ha ido es ella…

Descargar la frustración.

No es amiga mía la niña del parque. Es cierto que mi peque no la ve por un ligero desajuste entre el tiempo vivido por ella y el ritmo de vida del resto de la humanidad. Pero no es motivo para desesperarme yo. Podemos trabajar sobre ello. Podemos poner relojes de arena, para convertir eso intangible (¡En diez minutos se va!) en algo real (¡Cuando se acabe la arena se irá!). Soy la adulta. Debería tener recursos. Las consecuencias naturales se aplican de manera inexorable (tardas demasiado, la amiga ya no está y no podemos jugar en el parque).*

Respiro hondo, me pongo en modo zen. Lo primero es encontrar el problema. El mío. Y después de mucho pensar (las dos horas de parque de por la tarde. Ir al parque. Qué experiencia) me doy cuenta de que sí. De que tengo algo suelto, girando a destiempo. Que pasé varios procesos de selección para un puesto de trabajo y no me han llamado. Y estaba segura de que era mío. Estoy frustrada, desmotivada y enfadada con el mundo. Pero no me he dado cuenta, externamente parecía funcional, sólo un poco más irritable. Hasta que que mi peque no jugase hoy con su amiga me ha hecho explotar.

Pero es muy fácil no hacer autocrítica, ni plantearse nada. Eres el adulto, todo lo haces bien, tienes la razón de tu parte, y tus peques no, son irracionales, “saben latín” y sólo quieren tomarte el pelo. Pegas cuatro gritos a tu peque, te descargas y le haces responsable de que tu mundo sea gris.

Pero no es así como deberían de ser las cosas.

Por la tarde he hablado con ella. Le he explicado que esta mañana yo no me he portado bien con ella. Que estoy triste porque yo quería ir al cole de grandes, como hace papá cada mañana, pero no me han escogido.

Ella se ha quedado parada, muy seria. He pensado que quizás es muy peque para estos rollos, que le estoy explicando por encima de las posibilidades de las dos. Pero, de nuevo, error mío.

¿Y entonces yo me quedo toda la mañana solita? ¿eh? – me dice. Súper seria y solemne. Disgustada. Me deja atónita.
No, no. Porque tu irías a la escoleta. ¿No dices que quieres ir? – le digo. Ella me fulmina con la mirada. Un argumento sale a mi encuentro. – De todas formas el año que viene sí que irás al cole. Y será fantástico. Pero ¿qué haré yo toda la mañana solita? ¿eh? – toma rebote de argumento.
Ella sigue seria.
¡Jugar, mamá! – Abre los brazos.

Es que es evidente.

Tengo la solución frente a mi. Mide 95 centímetros. Y tiene la verdad absoluta de su lado.

Sólo hay una manera de hacer las cosas bien y es ser conscientes de que nuestros peques son seres completos desde que nacen y que merecen el mismo respeto que nosotros. Y las mismas explicaciones.

Pero el triple de abrazos. Por si te quedas corto.


*Otra mujer pasó por la misma situación y también la dejó por escrito. Pero ella tomó el camino inverso al mío. Es muy interesante comparar ambos resultados -> blog de Palabra de mamá Enojarse nunca es la solución

3 comentarios sobre “Rabietas (cuento con dos versiones)

Si te apetece, deja un comentario. ¡Siempre son bienvenidos!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s